«Paz firme, paz imperturbable y segura, paz interior y exterior, paz estable por doquier».
Intentemos comprender cuál es el significado espiritual de la paz.
Fragmento del libro Psicosíntesis: Ser Transpersonal, el nacimiento de nuestro Ser Real.
Roberto Assagioli
Reflexiones sobre la paz ….
……Por todas partes hay luchas abiertas o escondidas, repercusiones de diversas guerras y amenazas por el porvenir; luchas entre naciones, razas, clases sociales y partidos políticos; pero también, y con no menos intensidad, luchas, agitaciones y tempestades en en nuestro interior, lo cual se manifiesta en descontento hacia nosotros mismos y hacia los demás; en rebeldía contra la sociedad, contra la familia, contra la vida e incluso contra la propia Divinidad.
En un mundo así intentar mantener la paz no es ningún lujo espiritual, sino una necesidad cotidiana para todos aquellos que buscan mantener su integridad interna y no desean verse arrastrados por las corrientes colectivas de agitación, de pánico o de violencia. Cultivar la paz es también un deber con respecto a los demás. Aquel que sabe ser un centro viviente de paz, quien sabe irradiarla con fuerza y sin descanso a su alrededor, proporciona a la pobre humanidad el bien del que quizás más privada está y del que más necesidad tiene.
Veamos cómo se puede lograr esto de la forma más eficiente.
A modo de estímulo, recordemos que todos los grandes Maestros espirituales han insistido siempre sobre la paz de forma particular. Los textos religiosos hindúes empiezan y terminan con la fórmula: Om -shanti – shanti- shanti (Om – paz – paz – paz); o bien con esta otra: «Paz a todos los seres». Buddha enseñó, a través de la palabra y del ejemplo, la excelsa paz del espíritu. De él se dijo: «El Iluminado está en paz consigo mismo y lleva la paz al mundo entero». En las descripciones de los diversos grados de la contemplación budista una de las características más acentuadas es la de la serenidad del ánimo contemplativo. Y recordemos la hermosa descripción que en La Imitación de Cristo se hace de tal estado: «Paz firme, paz imperturbable y segura, paz interior y exterior, paz estable por doquier».
Intentemos comprender cuál es el significado espiritual de la paz.
Con respecto a la paz, existen algunos errores y malentendidos. Hay una paz verdadera y una falsa. Lo que normalmente se entiende por paz suele ser la falsa: una condición pasiva, estática, que rehúye cualquier contrariedad, esquiva cualquier lucha, cualquier fatiga o adversidad; es sinónimo de pereza (tamas); una paz ilusoria y que precisamente por ello, no llega a realizarse. En cambio, la verdadera paz es positiva y espiritual.
Ya hemos hablado de la indivisible solidaridad existente entre las distintas características espirituales. Cierto es que tomadas por separado presentan carencias, pero deben considerarse como las diversas facetas de un único prisma. Meditando profundamente sobre ellas, encontramos que en un cierto punto se encuentran y se funden unas en otras, y todas en el Espíritu. Por consiguiente, se puede decir que:
paz es voluntad ·paz es fuerza · paz es sabiduría· paz es libertad· paz es regocijo· paz es armonía ·paz es verdad·paz es comprensión ·paz es luz…
Resulta muy útil meditar sobre la solidaridad de las cualidades espirituales, tomando cada vez una distinta como punto de partida. Es éste un método para pasar de la multiplicidad a la unidad, a la síntesis.
Así pues, ¿dónde está la verdadera paz y cómo se consigue?
En una bella invocación, encontramos una frase que nos ilumina: «Existe una paz que trasciende toda comprensión. Ella reside en los corazones de aquellos que viven en lo eterno» Esto nos dice que la paz es una experiencia espiritual que no puede ser comprendida por la mente personal; que pertenece a otro plano, a otra esfera de realidad: a la de lo eterno.
Es, por ello, inútil buscarla en el mundo ordinario, en nuestra vida personal, donde no hay estabilidad ni seguridad; es una vana ilusión buscarla allí afanosamente.
La paz existe tan sólo en el mundo espiritual y la alcanzamos sólo cuando nos elevamos hasta él y en él permanecemos establemente.
Tal paz, lejos de conducirnos a la inercia, a una tranquilidad estática o a una resignación pacífica, nos proporciona nuevas energías. Se trata de una paz dinámica y creativa. Desde este lugar interno de paz podemos dirigir todas nuestras actividades personales, potenciándolas y haciéndolas más eficientes y constructivas, porque estamos libres de ambiciones, de miedos y de ataduras. En resumen: vivimos como amos y no como esclavos.
La verdadera paz, permanece firme ante los conflictos, el dolor físico y ante cualquier tipo de ataque, coexistiendo con el trabajo interno, puesto que no llegará a alcanzarse un estado de pleno regocijo y alegría hasta que hayamos regenerado completamente nuestra personalidad, de forma que la paz interior se haya ‘encarnado’ y todo nuestro ser esté compenetrado de paz y haya devenido en paz. Esta es la meta a alcanzar, pero el comienzo es establecer en nosotros un inatacable ‘centro’ de paz que resista a toda costa cualquier prueba, que constituya una verdadera fortaleza interna desde la cual dirigir toda nuestra vida.
En un primer estadio, aquel que precede a la regeneración de la personalidad, el centro interior de paz nos permite permanecer firmes mientras afrontamos los furiosos embates de la personalidad, mientras arden las llamas purificadoras, mientras el dolor lleva a cabo su obra de purificación y de redención; desde él somos conscientes del valor y el significado de todas las pruebas. En nosotros hay amarguras conscientes e inconscientes, resentimientos, rebeliones y estancamientos que impiden la alegría y la serenidad. Pero en la paz del alma todo ello se apacigua, se armoniza y se ilumina; se revela el significado y el valor de la vida manifiesta e inmanifiesta; e incluso el propio dolor se transfigura entonces y se rodea de regocijo, la ‘cruz deviene luminosa’, entonces, y según expresó Tagore en una de sus poesías, es cuando «Tu luz centellea en mis lágrimas».
Veamos de qué modo podemos meditar para alcanzar la paz.
Es útil comenzar ampliando lo más posible nuestro horizonte interno, dirigiendo los pensamientos hacia la consideración y la contemplación de lo infinito y lo eterno. Recordemos y concienciémonos de que somos seres espirituales y que nuestra esencia espiritual es indestructible. Esta ampliación de perspectiva nos ayudará a restablecer las verdaderas proporciones, a comprender la relativa insignificancia de tantas contingencias por las que a menudo nos dejamos abrumar o incluso enfurecer. Así, poco a poco, empezaremos a sentir verdaderamente la paz del eterno, la paz del espíritu, la paz que Cristo llamó ‘mi paz’.
Todos queremos dar paz, pero para poder realmente hacerlo primero tenemos que estar en paz con nosotros mismos, vivir en la gran paz, convertirnos en paz.
A quien le resulte difícil este tipo de meditación podemos sugerirle otro método, basado en la utilización de imágenes. Aunque los dos métodos se pueden asociar oportunamente y constituir dos fases de una misma meditación. Para este propósito se pueden utilizar diversas imágenes, algunas de las cuales serán más sugestivas que otras según los distintos temperamentos y los diferentes tipos psicológicos. Con la ayuda de la visualización de ciertas imágenes se eleva el alma hacia la radiante y suprema Realidad, llegando a sentir y a alcanzar la paz. Aprendamos a vivir en paz y por consiguiente, a dar y a irradiar esta paz a nuestro alrededor adonde fuere que vayamos.
Una paz así produce transformaciones; y no sólo en nosotros, sino también en todas las relaciones humanas y sociales.
Y sólo así, de arriba a abajo y desde el interior hacia el exterior, será posible operar profundas transformaciones, eliminar las guerras y evitar los peligros y amenazas que oscurecen actualmente la vida de la humanidad. Recordemos siempre que estos problemas no pueden ser resueltos con tratados, ni con ingeniosas combinaciones o con violentas luchas en su mismo nivel, sino elevándose hacia lo alto donde se resolverán por sí mismos; se ‘liquidarán’, por así decirlo, hasta desaparecer.